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Yo sólo me quería a mí viva (por Carina Rivero Artús)

Sumario: 
Iba caminando, venía de reunirme con amigas y se había hecho tarde.
Estaba en esa mezcla de felicidad con el ser mujer con la que vivo a diario.
Es un sentir difícil de explicar.
Se hace tan normal que no me daba cuenta que estaba ahí pero siempre estaba.
Amaba caminar mirando a las personas a la cara, a los ojos, compartir esa ventana, capaz sonreírnos o sólo mirarnos, percibirnos, llenas de luz.
Me pasaba de cruzarme el rostro de una mujer cualquiera y mirarnos y sonreírnos y sentirnos cómplices y saber que nos alegramos un poquito el día.
Me pasaba de odiar cada vez que me olvidaba de cambiar el pañuelo verde, cada vez que cambiaba de mochila o bolso de los mandados, porque si me cruzaba a una hermana yo la veía, pero ella no a mí y me sentía no sólo culpable sino sola.
Un día me di cuenta que sentía pánico, si yo, pánico de sólo intentar hacer lo mismo con un hombre. Al hacerlo sentía miedo de que mi juego de miradas pueda llamarle la atención sobre mi cuerpo o mi sexualidad a uno de esos hombres que disfrutan lastimar, violar o matar el cuerpo de una mujer.
Por mucho tiempo intenté hacerlo pero bajaba la mirada temblando más de las veces que ganaba.
Muchas veces pensé qué haría, es verdad, muchas veces como ese día yo pensé qué haría, cómo era ese actuar rápido que necesitaba si quería sobrevivir, muchas veces soñaba cómo yo lo lograría siendo heroína de mi vida.
Ese día tenía miedo, como siempre cuando se me hacía tarde.
Saque las llaves y las tuve en la mano porque siempre me sentí demasiado chica para poder enfrentarme a un atacante, sin algo en la mano.
Desde chica le decía a mi hermano mayor, cuando amenazaba violentamente con someterme, que lo haga pero después no duerma, porque aunque sea dormido, aunque me tenga que valer de un palo de amasar o una maceta, yo me iba a defender.
Ese día, casi como un juego de supervivencia con pocas vidas que nos dan a cada mujer al nacer, me puse las llaves en las manos y pensaba cómo debería salir una de las llaves, la más larga, por entre mis dedos índice y mayor, para defenderme mejor cuando un golpe sobre la oreja derecha me aturdió.
Depende no sé si yo volteé o me caí, o él se adelantó para agarrarme pero lo vi muy cerca mío, me decía algo muy bajito con mucha cara de pajero mientras me agarraba fuerte y mi cuerpo sintió que se moría, me abandonaban las fuerzas, los planes, sentí tanto pánico que capaz no me movía nunca más.
Me acuerdo que dejé caer el mate y calce el termo por la manija, que es de esos Stanley duros y con eso fue con lo primero que le pegué, y cómo traté de hacerlo con todas mis fuerzas y la de todas las mujeres muertas, con la mano derecha de reverso, sentí que me quedaba a mano volver a pegarle rápido con el puño izquierdo y dejé deslizar la llave bien entre los dedos y la apreté tanto que después me di cuenta que me había cortado toda. El tercero fue con el bolso que originalmente tenía colgado del hombro derecho pero ya se había caído y trabado en mi muñeca.
Estaba muy pesado porque adentro tenía frascos con cosas ricas que había llevado para compartir con las chicas.
Lo agarre y medio que enrosque en un segundo para que me quede más firme y le pegué. Fue en la cabeza, no pensé en pegarle en otro lado.
Dicen que yo lo quise matar.
Que soy una loca, una violenta, que siempre fui conflictiva y que tengo tanto odio encima que hace mucho esperaba que alguien me ataque para sacar mi violencia.
Dicen que capaz ya lo conocía, que le debía algo, que era un amante, que hubo algo raro, que algo no les cierra.
Que hice un curso de un día de defensa personal para mujeres, y que la llave la usé como un arma, dicen que mi reacción fue entonces premeditada, con un golpe asimilable a quien usa un arte marcial, y con un arma.
Dicen que yo lo quería muerto.
Pero no es verdad.
En ese momento que él esté vivo significaba que yo muera o sufra mucho, pero yo no lo quería muerto, yo no lo quise matar, yo sólo me quería a mí viva.
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