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Lobizón (por Eduardo del Castillo)

Sumario: 

Lobizón

 

“Al  hombre-lobo se le debe dar muerte sin dudarlo, sin pensar

en su condición humana. Puede que exista un modo de cesar 

el maleficio y redimirlo, pero a riesgo de no ser efectivo,

                                                                                                                  es conveniente ultimarlo”

(Polonio – Siglo I d.C.)

 

Bendito Luis Rufino era un lobizón. Séptimo hijo varón , nacido en un pueblito de Tucumán,de nada sirvieron los esfuerzos de la familia en romper el conjuro. El primero de los intentos fue bautizarlo con el nombre de “Bendito”. Esta decisión no sólo fue inútil, sino que le valió la burla de todos sus compañeros desde la niñez y hasta entrada la adolescencia. Luego probaron con apadrinarlo en el bautismo por el mayor de sus hermanos. Tampoco. En un último intento y aconsejados por un viejo conocedor del tema, lo cubrieron con estiércol de gallina durante un día entero. Nada.

Nada excepto el terrible olor que se le penetró en la piel por casi una semana y que hacía sentir su presencia a una buena distancia.

Cuando se hizo mozo, por los diecisiete años, tuvo su primera transformación, y de ahí en más, todos los martes y viernes por la noche, y los días de luna llena además, se volvía lobizón.

De pelaje negro, tamaño de un perro mediano, buscaba el monte para refugiarse y esperar que el trance pase. No era de andar mordiendo gente, ni comiendo animales. Nunca hubo queja por alguna atrocidad que hubiera cometido. Era, digamos, un lobizón respetuoso.

Sabía decir la familia que, de tanto insistir en sacarle el embrujo, había quedado domesticado, como manso. Nadie se lo preguntó a él, pero la verdad es que Bendito, transformado en lobizón, no perdía su propia conciencia, su humanidad. Su cuerpo cambiaba, es cierto, pero su mente no. Incapaz de hacerle daño a nadie, cuando sentía que le venía la transformación salía para las afueras y se perdía en los cañaverales hasta el día siguiente.

Así transcurrió su vida hasta que, cerca de los veinticinco años, calculo, se vino para Chivilcoy y puso una gomería. Y de ahí las malas juntas, compra y venta de neumáticos mal habidos, y terminó en la cárcel de Miraflores.

Cuando le dan ingreso en la junta de admisión, Bendito expone su particularidad: explica al equipo del servicio penitenciario en detalle su metamorfosis y los días en que sucede.

En su informe, el psicólogo coincide con todos los presentes que el consumo de “drogas psicoactivas” seguramente produce en la mente de este pobre muchacho un estado de alteración que lo lleva a una “alucinación oniroide”, y no sé cuantas cosas más que sonaban muy bien y eran creíbles. Hasta que llegó la primera transformación.

Estaba en su celda, después del rancho, y le advirtió a sus compañeros lo que iba a suceder. Les pidió que no se asusten. Que era la primera vez que se iba a transformar “en público”, y que no iba a lastimar a nadie. Todos le creyeron, y ni siquiera se sorprendieron, pasan cosas mucho mas fantásticas en una cárcel. Le arrimaron una caja de cartón en la parte oscura del calabozo y lo dejaron tranquilo.

El asunto hubiera pasado desapercibido si no fuera por el recuento. El guardia que entra y ve el montón de ropa caída en el piso de la celda y a Bendito hecho lobizón, que más parecía un perro flaco, metido en la caja detrás de la puerta de hierro.

Cuando todo quedó aclarado el procurador legal, superando el asombro, planteó una disyuntiva: en los períodos en que Benito está transformado no puede permanecer privado de libertad en una cárcel, dado que no es una persona, pero tampoco se lo puede dejar en libertad porque queda claro que al amanecer del día siguiente volverá a ser el preso de antes. Y como no había jurisprudencia en este tema se pidió la opinión de especialistas en derechos humanos, de integrantes de la sociedad protectora de animales y también de algunos hinchas de Gimnasia y Esgrima de La Plata.

Al final, el juez decidió lo siguiente: “En los días en que está comprobada la inminente transformación del citado, antes del crepúsculo, el interno será trasladado al Zoo de Miraflores, donde se acondicionará un receptáculo acorde a sus necesidades, y allí trasnochará hasta la mañana siguiente, en que retornará a la unidad penal. El personal del servicio penitenciario deberá garantizar la seguridad en ambos traslados”.

 

Fue un viernes de tardecita cuando lo llevaron al Zoo por primera vez. Entró en una jaula bastante amplia, en la que habían dispuesto un tronco hueco para que pernocte y una frazada de abrigo. También había un plato de carne fresca frente a la puerta.

Rejas antes, rejas después, no le pareció un gran cambio.

Y así, al abrigo de la oscuridad y ya transformado, pasó la noche en soledad, igual que en el monte tucumano, igual que en los bosques de Chivilcoy, igual que siempre.

Y lo mismo fue el martes siguiente hasta que, entrada la noche, una voz lo despertó:

- Don Rufino, ¿está despierto?

Fue volviendo a la realidad muy despacio, dudando haberla escuchado, como pasa cuando un sonido nos interrumpe el sueño.

Pero ahí estaba de nuevo.

-Bendito, soy Funes, el sereno. Arrímese.

Salió muy despacio de la calidez y la oscuridad de su guarida, acercándose a la silueta que, del otro lado de la reja, lo llamaba, y se sentó sobre sus patas traseras a un par de metros de distancia.

-Disculpe si lo desperté. Es que entro tarde a trabajar. El otro día ví que no tocó la carne cruda del plato, así que seguro le gusta cocida. Acá le dejo un churrasco, lo cociné a punto, como para mí. Usted dirá.

Bendito lo observó estático. Eran muchas cosas juntas las que pasaron en un instante. Alguien, por primera vez en su vida, lo trataba como el humano que era sin tener en cuenta su apariencia perruna. Además, se había ocupado de cocinarle un churrasco porque, es cierto, la carne cruda no le gustaba.

Y ahí estaba su cena, humeando y cortada en trozos pequeños, al ladito de los barrotes. Mientras se acercaba pudo ver por fin a don Funes. Algo pasado de peso, de unos sesenta y pico años, pañuelo al cuello, pinta de bonachón.

- Coma tranquilo y después, si tiene ganas, me acompaña a dar la ronda. Este candado se abre fácil.

Y fue así que, donde menos parecía, encontró alguien que veía más allá de su provisoria apariencia. Y aquellas noches se hicieron el centro de su vida.

Don Funes tenía una forma curiosa, aunque práctica, de conversar. Le lanzaba una pregunta, o un comentario y, por los gestos de Bendito, adivinaba la respuesta. Si levantaba las orejas, si agachaba la cabeza, si movía la cola, era suficiente para armar un diálogo.

Atesoró aquellas interminables noches como lo mejor, por mucho, que le había pasado en su vida.

Una noche de tertulia, en la que muchos visitantes concurrían al Zoo a realizar una recorrida nocturna, se sintió particularmente felíz. En esa oportunidad Funes hablaba con un joven de barba y pelo largo, uno de los músicos, y cuando él se acercó dijo: “este es Bendito, mi amigo”. El muchacho se agachó y lo miró a los ojos. Lo acarició como los que saben acariciar a un perro, rascándole suavemente la barbilla, y le dijo, en voz muy baja y con brillo en los ojos: “ yo también tuve un amigo muy  parecido a vos”.

Por primera vez en su vida no le avergonzaba mostrarse, se sintió valorado, como que formaba parte de algo. Alguien dijo que era su amigo y ahí nomás otra persona le demostró un nostálgico afecto.

 

Hasta aquí llego con lo que me contaron y con lo que pude deducir de esta historia. Pero me negaba a no darle un remate a este cuento. Los registros de la Unidad Penal dan por cumplida la condena de Bendito Luis Rufino y figura la fecha en que recuperó su libertad. Nada dice de sus transformaciones de los martes y viernes y de las noches de luna llena.

Averigüé en el Patronato de Liberados. Nada. Hasta pensé en inventar un final, pero sentía que traicionaba esta historia con información que no era real.

Como último recurso me acerqué al Zoo y hablé con el personal. Me atendió el director con dos de sus asistentes. Escucharon mi historia, cruzaron algunas miradas, quedamos en silencio.

Mire – dijo el director – estoy en este lugar desde sus inicios, y nunca escuché hablar del tal Bendito. Se me ocurre que usted ha tomado por cierto lo que en realidad parece ser un relato fantástico.

Sin embargo – repliqué – todo parecía coincidir. ¿No es Funes el sereno del Zoo?

Era – contestó - . Se jubiló hace muchos años y no sabemos como podría ubicarlo.

Empecé a caminar hacia la salida. El director se adelantó unos pasos y me abrió la puerta. Antes de irme hice un último intento:

¿Podría venir a hablar con el nuevo sereno?. Tal vez él haya escuchado algo del propio Funes. ¿Cuándo lo encuentro?

Todos los días – dijo - . Claro que – agregó con una sonrisa – si lo que quiere es hablar con él, no venga los martes ni los viernes. Ni las noches de luna llena.

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